John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

lunes, 19 de junio de 2017

ELOGIO DE LAS NOTAS A PIE DE PÁGINA

(Dibujo de Dave Carpenter)

Una de las convenciones que hemos aceptado casi desde que se inventó el códice -o sea, desde que abandonamos los rollos de papiro para pasarnos a lo que hoy conocemos como "libro"- es que la obra literaria como tal se circunscribe a la caja de texto (1) y que todo lo que hay fuera de ella -los números de página, las cabezas explicativas, las notas al pie- son meros complementos, ayudas a la lectura; sin duda útiles y tal vez hasta necesarios, pero en último término prescindibles. El texto es lo que se supone ha salido de forma directa de la pluma del autor. Lo demás son indicaciones, aclaraciones, señales para navegar por el libro sin perder el rumbo. Las novelas, se dice, no precisan de aditamentos. Si lo que relatan es lo suficientemente fascinante, como mucho el lector necesita que las páginas estén numeradas, igual que los capítulos (si los hay). Todo lo demás, aparentemente, sobra. Es cierto que, cuando uno está sumergido en una novela, las notas al pie parecen inoportunas, pues quiebran la ilusión de que estamos viviendo dentro de sus páginas y nos hacen regresar de golpe a la realidad, donde no somos más que lectores participando vicariamente de las vidas de otros. Aunque tampoco esto es rigurosamente cierto -ya se sabe que todas las normas estan ahí para que alguien las contravenga-, porque ciertos novelistas han hecho todo un arte de las notas a pie de página, y sus novelas no pueden/deben leerse sin incluirlas. Me refiero, por citar sólo algunos ilustres ejemplos, al Tristam Shandy de Laurence Sterne, a Samuel Beckett o a David Foster Wallace, todos ellos aficionados a las notas.


David Foster Wallace. ¿Pensando quizás en añadir una nota?

Pero, dejando aparte casos puntuales, se puede afirmar con bastante seguridad que los novelistas son poco propensos a las notas. Y los editores, aún menos. Ante la pregunta de algún escritor novato de si puede incluir notas explicativas en su relato, la respuesta suele ser una negativa  rotunda, aunque diplomática.
Caso muy distinto es el del ensayo. Los ensayos piden a gritos ser complementados con toda suerte de aparato: notas, índices temáticos, bibliografías... Hay que demostrar que lo que allí se afirma está convenientemente documentado. Por supuesto, cuanto más académico el ensayo, más notas suele incluir. Tradicionalmente, las monografías académicas llevan las notas a pie de página. Con frecuencia, muchas. Por eso, quizás, hay entre los editores la obsesión de que un texto con notas al pie asusta al lector común y corriente, haciéndole pensar que lo que tiene delante es un ensayo sesudo y, probablemente, fuera de su alcance. Así, cuanto más se aleja la temática y contenido de un ensayo del ámbito universitario para pretender conquistar al público general, más se acentúa la tendencia a relegar las notas al final del capítulo, o al final del libro. No sea que el lector se espante. (Por supuesto, esta discusión no tiene sentido si el soporte del libro en cuestión es digital y no físico: en el libro digital los enlaces permiten saltar con un clic o una pulsación del dedo a la nota y regresar luego al texto con igual prontitud.) Sin embargo, sospecho que lo que en realidad se pretende con esta maniobra es eliminar las notas al pie del radar del lector. Al fin y al cabo, parecen estar pensando los editores, ¿a quién le importa eso? Y me parece un error mayúsculo, porque las notas no sirven únicamente para dar referencias bibliográficas: las notas fundamentan lo que el autor afirma en el texto, pero sirven también para complementar aspectos que tal vez no tenían cabida en el discurso, y que aún así son de cierto interés. A los lectores mínimamente concienzudos les gusta poder enterarse con sólo bajar la vista hacia la parte inferior de la página de la procedencia de tal o cual cita, de la complicada historia de la publicación del libro referenciado, de que tal información la obtuvo el autor del colega X durante un congreso, o incluso de detalles más jugosos que no se ha atrevido a incluir en el texto, pero que abren nuevas perspectivas. Sin embargo, si cada vez que divisa una llamada de nota el lector curioso se ve obligado a cerrar la página en que estaba -sin olvidar poner una señal, o marcarla con el dedo, so pena de irritarse aún mas al perder el punto- para ir al final del libro a rebuscar entre la lista de notas el número correspondiente, la lectura se convierte en una tarea extremadamente fatigosa.




Me he encontrado no hace mucho en esta situación al leer un ensayo por lo demás apasionante y ameno. Me refiero a La España vacía, de Sergio del Molino. Una y otra vez, he tenido que efectuar la complicada operación de buscar la nota y he maldecido para mis adentros a los editores que, junto con el acierto de publicar esta obra -que recomiendo sin reservas, a pesar de los malabarismos que me ha obligado a hacer-, no han tenido la osadía suficiente para ubicar las notas donde el lector pueda encontrarlas sin esfuerzo: a pie de página. O tal vez tienen ellos razón y de haberlo hecho así hubiesen vendido muchos menos ejemplares. Pero después de esta experiencia, estoy tentada de poner en marcha un grupo de presión de lectores a favor de las notas al pie. En sus manifestaciones, por supuesto, las pancartas irán debidamente anotadas.

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1. Un término que procede de la tipografía antigua, cuando los tipos de madera o metal que componen la página se colocaban dentro de una caja de madera. (Como ven, hasta las entradas de blog precisan a veces de notas a pie de página.)



martes, 13 de junio de 2017

LIBROS Y FERIAS



En castellano, el término "feria" tiene un doble sentido. Por un lado, es un lugar donde se exponen productos para vender, generalmente en un día o días señalados; se emplea para mercados de todo tipo, desde ferias de ganado a ferias tecnológicas. Por otro, remite a un evento más festivo. Como dice el diccionario de la RAE, una feria es también un "Conjunto de instalaciones recreativas, como carruseles, circos, casetas de tiro al blanco, etc., y de puestos de venta de dulces y de chucherías, que, con ocasión de determinadas fiestas, se montan en las poblaciones". Algunas veces, las ferias tienen un poco de ambas cosas: los avispados negociantes aprovechan la afluencia de público para ofrecer diversiones, comida y bebida, además de las mercancías que son el objetivo del evento. Por lo que se refiere a los libros, Ferias del Libro hay muchas, repartidas por toda nuestra geografía. En general, se llevan a cabo aprovechando la llegada del buen tiempo, que permite poner tenderetes al aire libre, en lugares de paseo donde la gente, además de tomar el fresco o sentarse en un chiringuito a beber unas cañas, puede detenerse a hojear los libros allí expuestos y, quién sabe, incluso comprarlos.  Por su tamaño y su variedad, la Feria del Libro de Madrid es una de las más notables y representativas, además de una de las más antiguas, ya ha superado los tres cuartos de siglo de existencia. Y por estar ubicada en el Retiro, claro, un lugar maravilloso donde siempre apetece perderse un rato.


Así lucía la Feria del Libro en 1933

En Barcelona, Sant Jordi es un día multitudinario y lleno de vitalidad, donde los libros, lejos de quedarse en un territorio delimitado, invaden todo el centro de la ciudad. Y el público, ese día, deja sus tranquilos barrios para callejear por ese núcleo, donde pronto no cabe un alfiler (si han intentado un 23 de abril bajar por las Ramblas, sabrán lo que es eso). Sin embargo, los tenderetes de Sant Jordi, en su mayoría, tienen todos los mismos libros: el último bestseller, el último engendro de un presentador de televisión o de un político (que ellos no han escrito, por supuesto). Como ese día todo aquel que no pisa una librería en su vida acude al reclamo de la tradición y se siente obligado a adquirir un libro -sin más criterio que "lo que suena"-, los libreros intentan captar a este público tan heterogéneo. "Lo que suena", "lo que se lleva" acaba dominando la selección. La Feria de Madrid, en cambio, tiene varias ventajas. No hay rosas, de acuerdo. (En cierto modo, menos mal, porque el calor de los junios madrileños no les sentaría demasiado bien.) Pero hay casetas de librerías, de editoriales, de distribuidoras. Incluso de organismos de esos que, en la vida cotidiana, uno sabe que existen, pero no se topa nunca con ellos. Como el Boletín Oficial del Estado, o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (por cierto, no dejen de visitar la caseta de este último: hay verdaderos tesoros, que raramente se encuentran en librerías convencionales). Además -y en eso es casi el reverso de Sant Jordi- los editores aprovechan para traer su fondo. Si llevas todo el año buscando un libro de un pequeño editor que distribuye poco y mal, aquí es el lugar y el momento para encontrarlo. Mucha gente aparece en la Feria con un papel arrugado donde tiene esa lista de libros esquivos que espera hallar por fin. Y aún hay más y mejor: te atenderá personal experto, libreros o editores que conocen a fondo lo que publican, con quienes se puede hablar alegremente de si el último libro de tal autor es mejor que el primero, o pedirles consejo sobre un autor finlandés del que nada sabes, pero cuyo nombre te suena tan bien. No sólo es posible deambular, hojear, leer los textos de contra, pasar de una caseta dedicada al esoterismo a otra especializada en literatura militar o en novelas del XIX, sino que -a menudo- tienes ocasión de conocer a los editores que, el resto del año, están sentados en sus despachos, pero que no quieren perderse esta cita primaveral con sus lectores. También hay, no podía faltar, una nutrida representación de autores, firmando o intentando que les pidan una firmita. Ocasión perfecta para comprobar que los escritores son de carne y hueso, e incluso a veces simpáticos. ¿Puede algún bibliómano resistirse a tantos atractivos juntos? No, rotundamente, no.


En la Feria, tras el mostrador

Este año, esta bloguera ha tenido el honor de estar, por una vez, al otro lado del mostrador, firmando y departiendo con sus lectores. ¡Una experiencia memorable! Mi agradecimiento a mi editor, que se prestó a organizarlo, y a la Librería Pasajes, que me acogió una tarde. La Feria de Madrid ya acabó, pero vuelve el año próximo. Mientras, tenemos las librerías. Para los lectores, comprar libros es una actividad de todo el año.


La caseta de Trama Editorial, con El síndrome del lector bien visible




viernes, 2 de junio de 2017

ESCRIBIR CON SEUDÓNIMO

(Foto: Luciano Ribas)

Esconderse. Fingir. Sortear prohibiciones. Desconcertar al público. Usar una voz distinta. Cambiar de identidad. Ser otro.
Son muchos y diversos los motivos que llevan a escribir bajo seudónimo. Históricamente, el seudónimo ha sido el disfraz idóneo para sortear la censura, o la desaprobación social. Mujeres que adoptaban un nombre masculino para presentarse ante el mundo y que sus obras fuesen tenidas en cuenta, como las dos "George", George Eliot y George Sand, en la vida real respectivamente Mary Ann Evans y Aurore Dupin (o Dudevant, según optemos por su nombre de soltera o de casada: en países como Francia o Inglaterra, donde las mujeres pierden su apellido al casarse para adoptar el del esposo, tal vez el seudónimo era simplemente un cambio de identidad más). O, mas tímidamente, se escondían bajo el genérico "a Lady", como hizo Jane Austen al publicar su primera novela, Sense and Sensibility.



Este deseo de esquivar la mirada severa del público, de que no piensen mal de uno por haber escrito nada menos que ¡una novela! no es privativo, sin embargo, del sexo femenino. Walter Scott, cuando ya era conocido y alabado por sus compatriotas como poeta -la popularidad de su poema narrativo La dama del lago traspasó fronteras, hasta el punto de que Schubert puso música a algunos fragmentos; el célebre Ave María, tan socorrido en bodas y otros festejos, procede precisamente de esa obra, aunque la letra original no se ha mantenido- no se atrevió a publicar su primera novela histórica, Waverley, bajo su propio nombre. (Forma parte de las curiosidades de la historia de la literatura el que se considerase admirable que un jurista como era Scott hubiese pergeñado un poema sobre desdichados amores junto a un lago escocés en el siglo XVI y sin embargo se viese como impropio que escribiese obras en prosa que trataban igualmente de amores y batallas en un trasfondo histórico.) De modo que esta primera incursión suya en el género salió anónimamente, sin autor, pero como su éxito hizo inevitable que le siguiesen otras de tema parecido, éstas aparecieron firmadas por "El autor de Waverley". Si no es exactamente un seudónimo, se le parece mucho. A pesar de que la obra fue muy aplaudida, y que varios críticos vieron en ella la mano inequívoca de Scott, éste se empeñó en mantener la ficción sobre su autoría durante muchos años. Tal vez es que le había tomado gusto a jugar al escondite.
Porque otra de las cualidades del seudónimo es que permite a los autores sortear esos compartimientos en que el público tiende a colocarlos. Si es usted un escritor con varias novelas alabadas por la crítica sesuda, salir de repente con una novela policiaco-humorística podría desconcertar a su público. O tal vez enajenárselo. Esto es lo que debió de pensar Julian Barnes, que en la década de los ochenta publicó varias novelas protagonizadas por un detective bisexual bajo el seudónimo de Dan Kavanagh. Las novelas -doy fe de ello, porque he leído un par- son realmente divertidas. Y me consta que escribir en un registro tan alejado del suyo habitual resultó liberador para él. Como dijo en una entrevista:

"Liberador en el sentido de que podía permitirme cualquier fantasía de violencia que se me ocurriese. Odio a los gatos, pero en una novela Julian Barnes como mucho le daría un empujoncito a uno para sacármelo del regazo. Sin embargo, dame un seudónimo y para cuando acabe el primer capítulo ya lo habré asado en la barbacoa."

Esta es la foto que aparece en la web de Dan Kavanagh.
Ciertamente, un autor elusivo

Su ejemplo ha sido seguido luego por varios colegas, entre ellos el premiado John Banville, que publica sus novelas policiacas bajo el nombre Benjamin Black, o la propia J. K. Rowling, que para liberarse del corsé harrypotteriano firmó sus novelas policiacas como Robert Galbraith.
Y con esto estamos donde quería llegar desde el principio: el seudónimo a veces sirve no tanto para ocultarse, como para dejar que asome otra faceta de uno mismo. Como sin duda saben los amables lectores que hayan leído mi libro, El síndrome del lector -o al menos le hayan echado un vistazo-, este blog aparece también bajo seudónimo. Eso es algo que parece desconcertar a muchos de mis conocidos, que no entienden el motivo -"Si no te metes con nadie, ni es algo de lo que tengas que avergonzarte, ¿por qué"- (pero no es para ellos que escribo esto, de modo que me importa poco su opinión). La explicación, si es que necesaria alguna, es muy sencilla: Elena Rius me permite centrarme en mi yo lector, dejando de lado todas las demás personalidades que una se ve abocada a adoptar en el curso de su vida profesional y familiar. Aquí no soy madre, ni profesora, ni editora, ni traductora, ni trapecista (eso  último tampoco me atrevería a serlo). Nada más que una lectora que les cuenta cosas sobre libros a otros lectores. Quizás debería hacerme una tarjeta de visita: Elena Rius, lectora.



De todos modos, si alguien quiere conocer cómo es la autora de este blog, ésta se materializará, en todas sus personalidades, los próximos días 9 y 10 de junio en la Feria del Libro de Madrid. Los lectores curiosos quedan cordialmente invitados a pasarse por allí.

[Viernes 9 de junio, a partir de las 18:30, en Librería Pasajes, caseta 143. Sábado 10, a partir de las 12 en Trama Editorial, caseta 195.]




jueves, 25 de mayo de 2017

DE LIBRO EN LIBRO


Todos los grandes lectores, sin excepción, tenemos un rincón, una estantería, una mesa, donde se amontonan las lecturas pendientes. Una pila que, por más que leamos sin tregua, nunca disminuye. Antes bien, tiene una peligrosa tendencia a crecer hasta alcanzar a veces dimensiones inmanejables. De hecho, yo misma de vez en cuando me veo obligada a hacer una poda en ese montón de libros siempre en expansión. Descubro entonces que algunos de los que en su momento clasifiqué como "de próxima lectura" han perdido interés, o tal vez ha transcurrido tanto tiempo que he olvidado qué fue lo que me atrajo de ellos. Entonces, pasan a engrosar otras nutridas filas, las de los libros que sé que no voy a leer en un futuro inmediato, pero que forman parte de mi biblioteca. Nunca se sabe cuándo va a sentir una la necesidad de recurrir a ellos. Por unos días, la aglomeración en la pila de lecturas pendientes disminuye, pero no tarda en verse acrecentada por nuevos volúmenes. Que quizá serán leídos o quizá languidecerán ahí hasta que, a su vez, resulten eliminados en la próxima poda.
En ese caso, dirán ustedes, elegir la próxima lectura no entraña otra dificultad que seleccionar uno entre los libros allí apilados. Pues no. Ni tan sencillo -porque los libros son muchos, ¿a cuál dar prioridad?-, ni tan evidente. Los lectores solemos tener una suerte de radar interior que nos va guiando de un libro a otro. ¿Cómo sino podríamos abrirnos camino entre los miles de libros que se nos ofrecen sin entrar en shock? Cuando cerramos un libro, tenemos ya puesto el ojo en el siguiente. Pero los libros llaman a otros libros. Ya podemos tener una pila de lecturas pendientes a punto de desmoronarse, que la llamada de esos otros libros es más potente aún.
Es así. Descubro a un autor al que nunca antes había leído; caigo rendida. De inmediato, quiero leer otras novelas suyas. Leo un ensayo sobre el cultivo de limones en Italia, que resulta estar lleno de anécdotas e historias fascinantes. Lo primero que hago es ir a la bibliografía y explorar otras obras relacionadas con el tema.




Si algún personaje de aquella novela que tanto me gustó leía a Trollope, habrá algo magnético que me lleve a las obras de este escritor. Es lo que se llama "la mancha de aceite". El proceso lo explica de forma muy gráfica Clara Obligado en un artículo en El asombrario:

"Se toma un libro que nos guste mucho, se pone en el centro y dejamos que se expanda como una mancha: primero nos llevará a más libros del mismo autor, luego, a lo que este autor leía, luego, a otros autores que lo rodean. La corriente literaria a la que pertenece, sus filias. Sus fobias, incluso. Por ejemplo, si encontramos a Alice Munro (gran hallazgo), nos llevará, en primer lugar, a Chéjov (obvio), luego a su maestra, la también canadiense Mavis Gallant (no tan obvia), luego a las autoras que le gustan: Edna O´Brien. Edna O´Brien, a su vez, nos puede acercar a Colm Tóibín, que no hace más que elogiarla y, de pronto, estaríamos leyendo, casi sin darnos cuenta, y de forma muy organizada, cierto tipo de textos que tienen afinidades secretas, y dos literaturas no tan conocidas, como son la canadiense y la irlandesa. ¿Nos gustan? Sigamos por ahí. Digamos que me he hecho fan de Colm Tóibín: ¿cómo no leer entonces a su gran maestro, que es Henry James? Y así, como si fuesen vasos comunicantes, un texto nos lleva a otro, y se va ampliando como si fuera una aura, una corola, una mancha."

Así, a menudo un hallazgo casual, una mención, un apunte, anula cualquier otro orden o prioridad que tuviésemos en mente. Son las afinidades secretas, los hilos ocultos que unen unos libros con otros. Es verdad que ahí está el rincón de lecturas pendientes, haciéndonos señas, pero como si nada. Como Ulises, nos tapamos los oídos y hacemos caso omiso de sus cantos de sirena, pendientes solo de alcanzar la próxima isla, el próximo libro.



jueves, 18 de mayo de 2017

VIAJEROS Y TURISTAS


Ya está aquí el buen tiempo y con él la savia nueva que -metafóricamente- empuja a ampliar horizontes y a intentar nuevas empresas. Si el invierno invita a recluirse en el hogar, la primavera hace pensar en futuros viajes. Es época de Wanderlust -una palabra alemana que también ha sido adoptada por los ingleses (quien desconozca su significado, encontrará la explicación detallada en otro lugar de este blog)-, de exploración y aventura. Claro que se puede viajar de muchas maneras: con una mochila al hombro y un rumbo incierto; con un itinerario cuidadosamente planificado y un equipaje calculado al milímetro; en absoluta soledad, en pareja o con toda la familia; con un grupo de personas desconocidas, en un viaje organizado; quemando etapas e intentando abarcar todos los museos, atracciones y curiosidades locales posibles, prisioneros de una rigurosa agenda, o dejándose llevar por lo que sale al paso. Sea cual sea la modalidad elegida, casi en todos los viajes hay un momento en que el viajero se pregunta por qué se le ocurriría dejar su confortable hogar para lanzarse por los caminos. Unos días de frío y lluvias torrenciales, la antipatía de algún personaje local, una habitación de hotel poblada de insectos, la desagradable constatación de los estragos que unos manjares desconocidos pueden causar en su sistema digestivo: cualquiera de estas experiencias se presta a que el viajero se plantee si no estaría mejor sentado en su sillón favorito y rodeado de objetos familiares. ¿Para qué viajar, pues, sin necesidad de hacerlo? Al menos, las peregrinaciones medievales tenían un sentido: todo lo que uno sufría durante el viaje -que era mucho- era parte del camino hacia la redención que comportaba el llegar a la tumba santa o el santo lugar elegido como destino. A principios del siglo XX, Stefan Zweig, que era un viajero incansable, hasta el punto de que sus amigos le apodaron “el holandés errante”, definió así su amor por los viajes: 
“Al viajar, deseamos dejar atrás el área que es nuestra, ese mundo doméstico tan bien regulado día a día; nos sentimos impulsados por el deseo de sentirnos desarraigados y así, dejar de ser nosotros mismos. Queremos interrumpir una vida en la que meramente existimos, para vivir más.”

Stefan Zweig

Para él, la forma en que viajamos debería reflejar nuestros gustos más íntimos, dejar sitio para un aroma a peligro y aventura, a improvisación.
"Sólo viajando a la manera de los antiguos, que implica sacrificarse a las reglas del azar, uno tiene la oportunidad de descubrir no sólo el mundo exterior, sino aquel que reside en nuestro interior.”
Sin embargo, ante los avances del turismo de masas (y era sólo el principio, ¡si lo viese ahora!), el propio Zweig acabó por dictaminar que: "Uno ya no viaja, a uno le viajan."

¿Nos hemos vuelto locos con este afán por trasladarnos de un lugar a otro? ¿Aporta algo que te transporten como ganado en un avión abarrotado para llegar a una playa llena de turistas como tú? Tal vez resulte más productivo quedarse en casa con un buen libro. Si es un libro de viajes, mejor aún. La última contribución a este género -una lúcida combinación de reflexión sobre los excesos del turismo y revisión del mito del buen salvaje- es El turista desnudo, de Lawrence Osborne. ¿Es posible hoy viajar en el sentido que reclamaba Zweig? El problema, como apunta certeramente Osborne, es que "el mundo entero se ha convertido en una instalación turística". A pesar de ello, hay que reconocer que Osborne logra vivir unas cuantas aventuras como mínimo insólitas. Eso sí, algunas de ellas muy, muy incómodas. Mientras tanto el lector, viajero sin moverse de su butaca, se ríe con ganas de sus desdichas.




A lo mejor hay que tomárselo de otra manera. El sabio Lin Yutang opina al respecto en La importancia de vivir:
"La esencia del viaje es no tener obligaciones, ni horario fijo, ni correo, ni vecinos curiosos, ninguna delegación que te reciba y carecer de destino. El buen viajero es el que no sabe a dónde va, y el viajero perfecto es aquel que no sabe de dónde viene."
Y es que para escapar de las ataduras y la rutina, lo importante no es la distancia ni el destino, lo importante es la mirada del viajero. A mí no me busquen en Cancún.


sábado, 6 de mayo de 2017

LA LECTURA Y LA VIDA

Banderola promocional del
Plan de Fomento de la Lectura 2017

Nuestro ministerio de Cultura -¡ay, no!, que ahora van Educación, Cultura y Deporte en un mismo saco- ha anunciado un nuevo Plan de Fomento de la Lectura. Según nos informa el propio ministerio, con datos de una Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales elaborada por su departamento, en el año 2015, el 62% de españoles afirmaba haber leído al menos un libro en el último año. No es un dato especialmente malo -veníamos de cifras más bajas-, pero tenemos aún un porcentaje nada despreciable de gente que no lee ni un libro al año. Bienvenido sea, pues, todo lo que se pueda hacer en favor de la lectura, sobre todo si se traduce en más recursos: más bibliotecas públicas y con más fondos, más apoyo a las librerías -por cierto, alguien debería preocuparse alguna vez de solucionar el cuello de botella de la distribución, tan rematadamente complicada en este país: si los libros no llegan a los lectores, es como tirarlos a un pozo-, a la lectura en las escuelas y a las bibliotecas escolares, demasiado a menudo inexistentes o muy mal surtidas.



El eslogan elegido para este Plan es "Leer te da más vidas". Modernillo y simpático, con su guiño a los videojuegos donde uno puede perder o ganar vidas según sean sus habilidades. No dudo de que tenga su efectividad, y por supuesto le deseo todo el éxito posible a esta iniciativa. Personalmente -soy de naturaleza escéptica- dudo que ningún no-lector abrace la lectura como consecuencia de este eslogan, ni de ver fotos de gente leyendo (hay una parte de la campaña que anima a fotografiarse con un libro y compartirlo en las redes sociales, prometiendo a cambio una bolsa de tela). En realidad, lo único que te convierte en lector -y eso puede ocurrir a cualquier edad, aunque es aconsejable que suceda lo antes posible- es la constatación de que leer te da algo que nadie más es capaz de ofrecerte.
Es cierto que la ficción, en un sentido amplio, nos permite vivir otras vidas. Como dijo Vargas Llosa, "Inventamos las ficciones para vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando disponemos de una sola".  Pero eso también nos lo da el cine, o las series, sin duda de ahí su inmensa popularidad. La ficción en pantalla es además fácil e inmediata, imagen y sonido nos atrapan y nos envuelven. Si los guionistas, los actores y el director han hecho bien su trabajo, el espectador siente como suyas las peripecias de los personajes, sufre con el protagonista o detesta al antagonista, según los casos. Durante el tiempo que dura esa ficción en imágenes, puede sentirse explorador en tierras salvajes, bella princesa, arriesgado agente secreto o astronauta extraviado en Marte. Puesto que la ficción audiovisual resulta tan satisfactoria, ¿por qué pues deberíamos preferir buscar esas "más vidas" en la lectura? La lectura requiere de nosotros más tiempo, más concentración y mayor esfuerzo que la imagen. Esfuerzo, sí, porque a diferencia de lo que ocurre con la imagen, la lectura es activa, no pasiva. Es ese acto de lectura el que dota de sentido al texto:

"No se conoce lo suficiente acerca de la neurofisiología de la interpretación de los signos, ero lo que sí se puede decir es que leer es una experiencia humana particular en la que una persona colabora con las palabras de otra, el escritor, y que los libros cobran literalmente vida gracias a la gente que los lee, pues es un acto de plasmación."
                                                    Siri Hustvedt,"Sobre la lectura"

El material con el que trabaja la literatura es el lenguaje, y los seres humanos damos forma a nuestro pensamiento a través del lenguaje. Pensamos con palabras, y lo que no somos capaces de expresar mediante la palabra, no existe. Por eso, porque su vehículo es el lenguaje, la literatura es capaz de articular y explorar las emociones y los pensamientos humanos con una complejidad y una profundidad que les está vedada a otras manifestaciones artísticas. Así, una obra literaria puede tener capas y más capas de significado. Es más, sobre el lector opera no sólo la parte de contenido del texto, sino también la parte formal, la musicalidad del lenguaje. Una buena novela, un buen poema, no solo le prometen al lector un rato de entretenimiento, sino todo un mundo de significados, que luego podrá incorporar a su propio imaginario. Por eso los libros no es que te den vidas, es que te cambian la vida. La hacen más rica y más profunda. Puedes vivir sin leer (supongo, yo no lo he probado ni lo probaría nunca), pero vivirás una vida mucho más pobre, más superficial, y te conocerás menos a ti mismo. No sabes lo que te pierdes.  


 

viernes, 21 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Las Ramblas, el día de Sant Jordi (Foto Revista Rambla)

Que haya un Día del Libro es, en sí, algo bueno. Aunque, en vista de que actualmente casi todo tiene "su" día -las enfermedades raras, los gatos, la alfabetización, el alzheimer, el turismo, los humedales y hasta el orgullo zombi (juro que no me invento nada de esto)- la importancia relativa de tener un día dedicado ha bajado bastantes puntos. Bueno, pues se supone que el Día del Libro (así, con mayúsculas, parece que impone más) es el día en que todo el mundo se pone a pensar intensamente en libros e incluso, con suerte, se compra alguno. Hasta aquí, nada que objetar. Claro que los lectores pensamos en libros cada día del año, y nos los compramos con harta frecuencia también, pero tal como dicen las encuestas, hay un porcentaje muy elevado de gente que no lo hace y tal vez necesitan que se lo recuerden al menos un día al año. Solo que, siendo como son las cosas, lo que acaba sucediendo es que durante los días precedentes al Día en cuestión editores, libreros y medios de comunicación en general nos bombardean con recomendaciones. Lo que hay que leer, lo que hay comprar, la última novedad de Ese-Escritor-Tan-Famoso, el Nuevo-Joven-Valor, el Thriller-Que-No-Podrás-Soltar... Un ruido de mil demonios. No es extraño, entonces, que esos no-lectores habituales a los que en teoría se dirige todo el montaje acaben mareados y decidan comprarse -suponiendo que hayan logrado vencer su natural resistencia a la palabra impresa- los libros que más se vocean. Que, por otra parte, son los que, por obra de la mercadotecnia, encontrarán mayoritariamente en los puestos con que se engalanan las ciudades -y Barcelona en especial- el 23 de abril.
Una frase atribuida a W. H. Auden dice "Algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado". Entre la avalancha de novedades que no se cansan de hacer promesas vanas a sus futuros lectores, podemos encontrar por fortuna algunos libros que son mejor que nuevos: son resucitados. Sin ánimo de entrar a competir con el coro de voces recomendadoras, me gustaría señalar que vale la pena fijarse en esos libros que pasaron sin dejar apenas huella y que ahora emergen de nuevo. Ellos son los que han vencido al tiempo y al olvido. Sus autores, en su mayoría ya fallecidos, tal vez no hayan podido verlo, pero si han logrado regresar desde las arenas del tiempo, es que sin duda tienen algo de lo que otros carecen. Para este Día del Libro de 2017, me permito pues recomendarles a tres autoras resucitadas con todo merecimiento:




Carson McCullers. Piensen en el Sur de Estados Unidos. Piensen en pasiones reprimidas, calor pegajoso, personajes estrafalarios. Y algunos de los títulos más evocadores de la literatura. Como La balada del café triste, Reflejos en un ojo dorado o El corazón es un cazador solitario. ¿Alguien puede superar esto?



Natalia Ginzburg. Aunque tal vez no lo sepan, se trata de una de las grandes voces literarias italianas del siglo XX, a la altura de Calvino o Moravia. Solo que la Ginzburg era mujer y judía. Y escribía sobre temas considerados "menores": la familia, la vida cotidiana, la intimidad... Empiecen por Léxico familiar y comprenderán por qué su prosa ha perdurado y parece más actual que nunca.




Rosamond Lehmann. Quizás no estemos aquí ante una grande-grande, pero sí ante una novelista cuyas obras están llenas de encanto. En ellas retrata además una época casi mítica, la de las clases altas de la Inglaterra de entreguerras. No hay que olvidar que ella era amiga del grupo de Bloomsbury y se movía en el mismo círculo que las hermanas Mitford (aunque se odiaban mutuamente). La novela ahora recuperada, Invitación al baile presenta ese mundo en todo su esplendor. Ahora solo falta que alguien se decida a resucitar otra de sus obras más relevantes, Dusty Answer (que, si no me equivoco se tradujo ya hace años con el título de La arboleda sonora).

Aprovechando que este año el Día del Libro ha caído tan cerca de la Pascua, y además en domingo ¿por qué no convertirlo en un Domingo de Resurrección? Les sugiero que hagan oídos sordos a los cantos de sirena de las novedades, libros que al fin y al cabo casi nadie ha leído aún y obligan a fiarse de las afirmaciones -siempre exageradas- de sus ansiosos editores. Láncense en cambio a estas lecturas resucitadas, que vienen avaladas por décadas de persistencia. Seguro que no les defraudarán.